El vizconde de Bragelonne
por
Alexandre Dumas
Capítulo I: La carta
[…] Los ocho
guardias, que comprendieron estaba terminado su servicio por el resto del día,
se acostaron al sol sobre sus bancos de piedra, los palafreneros desaparecieron
con sus caballos en las cuadras, y a excepción de algunos pájaros, que se
picoteaban unos a otros con chillidos agudos en la espesura de los alhelíes,
hubiérase dicho que todos dormían en el castillo del mismo modo que Monsieur.
De pronto, en medio de este silencio
tan dulce, resonó una risotada nerviosa que hizo abrir un ojo a alguno de los
alabarderos que hacían la siesta.
Esta carcajada salía de una ventana del
castillo, visitada en aquel instante por el sol, que la conglobaba en uno de
esos grandes ángulos que dibujaban mirando al mediodía, sobre los patios, los
perfiles de las chimeneas.
El balconcillo de hierro cincelado, que
sobresalía más allá de esta ventana, estaba adornado con un tiesto de flores
rojas, otro de primaveras, y un rosal, cuyo follaje, de un verde encantador,
estaba salpicado de capullos rojos, precursores de rosas.
En la habitación a que daba luz esta
ventana, distinguíase una mesa cuadrada, revestida de antigua tapicería con
muchas flores de Harlem; sobre esta mesa había una redomita de piedra, en la
cual estaban sumergidos algunos lirios, y a cada extremo de dicha mesa, una
joven.
La actitud de estas dos jóvenes era
particular; se las hubiera tomado por dos pensionistas escapadas del convento.
Una de ellas, con los codos apoyados en la mesa y una pluma en la mano, trazaba
caracteres sobre una hoja de papel de Holanda; la otra, arrodillada sobre una
silla, lo que le permitía adelantar la cabeza y el busto por encima del
espaldar hasta la mitad de la mesa, miraba a su compañera cómo vacilaba al
escribir. De aquí provenían los gritos y las risas, una de las cuales, más
ruidosa que las otras, había espantado a los pájaros que saltaban en los
alelíes y turbado el sueño de los guardias de Monsieur.
La que estaba apoyada sobre la silla,
la más ruidosa, la más risueña, era una linda muchacha de diecinueve a veinte
años, morena, de cabellos negros y ojos encantadores, que ardían bajo unas
cejas vigorosamente trazadas, con unos dientes que resplandecían como perlas
entre labios de coral.
Todos sus movimientos parecían el
resultado de un gesto; su vida no era vivir, sino saltar.
La otra, la que escribía, miraba a su
bulliciosa compañera con ojos azules y limpios como el cielo de aquel día. Sus
cabellos, de un rubio ceniciento, peinados con delicado gusto, caían en trenzas
sedosas sobre sus nacaradas mejillas; posaba sobre el papel una mano delicada,
pero cuya delgadez denunciaba su juventud. A cada risotada de su amiga, alzaba
como despechada sus blancos hombros, de una forma poética y suave, mas a los
cuales faltaba esa elegancia de vigor y de modelo que también se deseaba ver en
sus brazos y manos.
―¡Montalais! ¡Montalais! ―exclamó por
fin con voz dulce y cariñosa como un cántico―. Reís demasiado fuerte, como un
hombre, y no solamente os notarán los señores guardias, sino que tampoco oiréis
la campanilla de Madame, cuando llame.
La joven, llamada Montalais, no cesó de
reír ni de gesticular por esta amonestación, y contestó:
―No decís lo que pensáis, querida
Luisa; sabéis que los señores guardias, como vos los llamáis, empiezan ahora su
sueño, y que ni un cañón los despertaría; sabéis también que la campanilla de
Madame se oye desde el puente de Blois, y que, por consiguiente, la oiré cuando
mi obligación me llame a su cuarto. Lo que os molesta, hija mía, es que yo me
ría cuando escribís; lo que teméis es que la señora de Saint-Remy, vuestra
madre, suba aquí, como hace veces cuando reímos estrepitosamente; que nos
sorprenda, y que vea esa enorme hoja de papel, en la cual, después de un cuarto
de hora, no habéis trazado más que estas palabras: “Caballero Raúl”. Tenéis
razón, amada Luisa, porque después de esas palabras, caballero Raúl, se pueden
poner tantas otras, tan significativas y tan incendiarias, que la señora de
Saint-Remy, vuestra madre, tendría derecho para arrojar fuego y llamas. ¡Eh!
¿No es esto? ¡Hablad!
Y Montalais aumentó sus risas y
provocaciones turbulentas.
La joven rubia se enfureció de repente;
desgarró el papel en que estaban escritas las palabras Caballero Raúl con hermosa letras, y, arrugándolo entre sus nerviosos
dedos, lo arrojó por la ventana.
―¡Hola, hola! ―dijo la señorita de
Montalais―. ¡Cómo se enoja nuestro corderito, nuestro niño Jesús, nuestra
paloma!... no tengáis miedo, Luisa; la señora de Saint-Remy no vendrá, y si
viniera, ya sabéis que tengo el oído muy fino. Además, ¿qué cosa más natural
que escribir a un antiguo amigo que data de doce años, sobre todo, cuando se
empieza la carta con las palabras Caballero
Raúl?
―Está bien, no le escribiré ―dijo la
joven.
―¡Ah!... ¡Ya está Montalais bien
castigada! ―exclamó, sin dejar de reír, la morenita burlona― Vamos, vamos, otro
pliego de papel, y concluiremos pronto nuestra correspondencia. ¡Bien! ¡Ahora
sí que suena la campanilla! ¡Tanto peor! Madame pasará la mañana sin su primera
camarista.
En efecto, la campanilla anunciaba que
Madame había concluido su tocado y esperaba a Monsieur, que le daba la mano en
el salón para pasar al comedor.
Hecha esta formalidad con grande
ceremonia, los dos esposos almorzaban y se separaban hasta la hora de comer,
fijada invariablemente a las dos de la tarde.
El sonido de la campanilla hizo abrir
en la repostería, a la izquierda del patio, una puerta por la cual desfilaron
dos maestresalas, seguidos de ocho marmitones con una parihuela cargada de
manjares cubiertos con tapaderas de plata.