Montag, Mai 21, 2018

El vizconde de Bragelonne. Capítulo I. La carta (fragmento)

El vizconde de Bragelonne
por Alexandre Dumas

Capítulo I: La carta

[…] Los ocho guardias, que comprendieron estaba terminado su servicio por el resto del día, se acostaron al sol sobre sus bancos de piedra, los palafreneros desaparecieron con sus caballos en las cuadras, y a excepción de algunos pájaros, que se picoteaban unos a otros con chillidos agudos en la espesura de los alhelíes, hubiérase dicho que todos dormían en el castillo del mismo modo que Monsieur.

         De pronto, en medio de este silencio tan dulce, resonó una risotada nerviosa que hizo abrir un ojo a alguno de los alabarderos que hacían la siesta.

         Esta carcajada salía de una ventana del castillo, visitada en aquel instante por el sol, que la conglobaba en uno de esos grandes ángulos que dibujaban mirando al mediodía, sobre los patios, los perfiles de las chimeneas.

         El balconcillo de hierro cincelado, que sobresalía más allá de esta ventana, estaba adornado con un tiesto de flores rojas, otro de primaveras, y un rosal, cuyo follaje, de un verde encantador, estaba salpicado de capullos rojos, precursores de rosas.

         En la habitación a que daba luz esta ventana, distinguíase una mesa cuadrada, revestida de antigua tapicería con muchas flores de Harlem; sobre esta mesa había una redomita de piedra, en la cual estaban sumergidos algunos lirios, y a cada extremo de dicha mesa, una joven.

         La actitud de estas dos jóvenes era particular; se las hubiera tomado por dos pensionistas escapadas del convento. Una de ellas, con los codos apoyados en la mesa y una pluma en la mano, trazaba caracteres sobre una hoja de papel de Holanda; la otra, arrodillada sobre una silla, lo que le permitía adelantar la cabeza y el busto por encima del espaldar hasta la mitad de la mesa, miraba a su compañera cómo vacilaba al escribir. De aquí provenían los gritos y las risas, una de las cuales, más ruidosa que las otras, había espantado a los pájaros que saltaban en los alelíes y turbado el sueño de los guardias de Monsieur.

         La que estaba apoyada sobre la silla, la más ruidosa, la más risueña, era una linda muchacha de diecinueve a veinte años, morena, de cabellos negros y ojos encantadores, que ardían bajo unas cejas vigorosamente trazadas, con unos dientes que resplandecían como perlas entre labios de coral.

         Todos sus movimientos parecían el resultado de un gesto; su vida no era vivir, sino saltar.

         La otra, la que escribía, miraba a su bulliciosa compañera con ojos azules y limpios como el cielo de aquel día. Sus cabellos, de un rubio ceniciento, peinados con delicado gusto, caían en trenzas sedosas sobre sus nacaradas mejillas; posaba sobre el papel una mano delicada, pero cuya delgadez denunciaba su juventud. A cada risotada de su amiga, alzaba como despechada sus blancos hombros, de una forma poética y suave, mas a los cuales faltaba esa elegancia de vigor y de modelo que también se deseaba ver en sus brazos y manos.

         ―¡Montalais! ¡Montalais! ―exclamó por fin con voz dulce y cariñosa como un cántico―. Reís demasiado fuerte, como un hombre, y no solamente os notarán los señores guardias, sino que tampoco oiréis la campanilla de Madame, cuando llame.

         La joven, llamada Montalais, no cesó de reír ni de gesticular por esta amonestación, y contestó:

         ―No decís lo que pensáis, querida Luisa; sabéis que los señores guardias, como vos los llamáis, empiezan ahora su sueño, y que ni un cañón los despertaría; sabéis también que la campanilla de Madame se oye desde el puente de Blois, y que, por consiguiente, la oiré cuando mi obligación me llame a su cuarto. Lo que os molesta, hija mía, es que yo me ría cuando escribís; lo que teméis es que la señora de Saint-Remy, vuestra madre, suba aquí, como hace veces cuando reímos estrepitosamente; que nos sorprenda, y que vea esa enorme hoja de papel, en la cual, después de un cuarto de hora, no habéis trazado más que estas palabras: “Caballero Raúl”. Tenéis razón, amada Luisa, porque después de esas palabras, caballero Raúl, se pueden poner tantas otras, tan significativas y tan incendiarias, que la señora de Saint-Remy, vuestra madre, tendría derecho para arrojar fuego y llamas. ¡Eh! ¿No es esto? ¡Hablad!

         Y Montalais aumentó sus risas y provocaciones turbulentas.

         La joven rubia se enfureció de repente; desgarró el papel en que estaban escritas las palabras Caballero Raúl con hermosa letras, y, arrugándolo entre sus nerviosos dedos, lo arrojó por la ventana.

         ―¡Hola, hola! ―dijo la señorita de Montalais―. ¡Cómo se enoja nuestro corderito, nuestro niño Jesús, nuestra paloma!... no tengáis miedo, Luisa; la señora de Saint-Remy no vendrá, y si viniera, ya sabéis que tengo el oído muy fino. Además, ¿qué cosa más natural que escribir a un antiguo amigo que data de doce años, sobre todo, cuando se empieza la carta con las palabras Caballero Raúl?

         ―Está bien, no le escribiré ―dijo la joven.

         ―¡Ah!... ¡Ya está Montalais bien castigada! ―exclamó, sin dejar de reír, la morenita burlona― Vamos, vamos, otro pliego de papel, y concluiremos pronto nuestra correspondencia. ¡Bien! ¡Ahora sí que suena la campanilla! ¡Tanto peor! Madame pasará la mañana sin su primera camarista.

         En efecto, la campanilla anunciaba que Madame había concluido su tocado y esperaba a Monsieur, que le daba la mano en el salón para pasar al comedor.

         Hecha esta formalidad con grande ceremonia, los dos esposos almorzaban y se separaban hasta la hora de comer, fijada invariablemente a las dos de la tarde.

         El sonido de la campanilla hizo abrir en la repostería, a la izquierda del patio, una puerta por la cual desfilaron dos maestresalas, seguidos de ocho marmitones con una parihuela cargada de manjares cubiertos con tapaderas de plata.

        

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