¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! ¡Gloria a Dios!
Finalmente es domingo de Pascua, fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Viva Cristo Rey!
Finalmente es domingo de Pascua, fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Viva Cristo Rey!
En verdad me siento muy alegre por la celebración, la razón de nuestra fe católica. Dichoso de que Dios haya mandado a su hermoso hijo para librarnos de nuestros pecados.
¡Gracias, mi Dios!
¡Gracias, mi Dios!
Este año la Cuaresma fue muy distinta a lo que todos planeamos. La pandemia por el virus del Covid-19 afectó a todo el mundo, de muchas maneras.
Desde inicios se tomaron medidas de prevención para evitar el contagio. Incluso poco antes de comenzar la Cuaresma o justo en el comienzo, ya comenzaban a dar la eucaristía en la mano. Decisión que, respetándola, no me parece. Claro que me tomó tiempo reconocerla como verdadera y justa medida por parte de la Iglesia, aunque no me guste o parezca.
En una ocasión en misa, el domingo 8 de marzo, al comulgar, noté que el ministro de la comunión quería, casi a la fuerza, darme del cuerpo de Cristo en la mano. Yo estratégicamente puse mis manos detrás de mí, obligándole a dármela en la boca. Y así fue, muy al disgusto del pobre y obediente ministro. No me gustó que fuera obligado, pues en otras parroquias era sólo opcional.
Pasando esa fecha, la situación globalmente fue empeorando, por lo que la Arquidiócesis de Harlzbornn no tardó en lanzar varios comunicados a través de las redes sociales y medios de comunicación en donde terminaron dando una dispensa de la obligación de la asistencia a misa.
Esa misma semana fue aumentando la disminución de actividades. No sólo la cancelación de las misas públicas, sino también el sacramento de la confesión, a no ser que fuera en caso de peligro de muerte.
Fue así que la última misa que viví de forma presencial fue la del 8 de marzo. La última vez que comulgué la hostia consagrada y, durante varias semanas, la última vez que vi en persona a Jesús Eucarístía en persona.
Fue hasta el domingo de ramos, la semana pasado, cuando eran cerca de las siete y media de la tarde cuando iba arribando a mi casa en Kristalia, que vi una camioneta sobre cuya caja iba un sacerdote portando el Santísimo Sacramento encima de un altar montado, dándonos alegría a varios de los que pasábamos por ahí y vivimos en las colonias aledañas.
No niego que me alegré demasiado e incluso quise llorar por mis grandes pecados, reconociéndome que no merezco tantas gracias. Y aún así, Dios es misericordioso, que sale al encuentro de nosotros.
Sinceramente, caí mucho en pecado esta Cuaresma, en especial pecados de lujuria. Muchos días consecutivos, y varias recaídas. Soy nefasto.
Descuidé mucho la oración, la lectura bíblica. Al no poder confesarme y no poder asistir a misa, sumándole que trabajo por turnos, me fui hundiendo más en el pecado, por mi gran falta de fuerza de voluntad.
La verdad, eso de que en las redes sociales pasaran las misas, las horas santas, la comunión espiritual, los rezos de rosarios y demás oraciones, no me beneficiaron. Sólo espero que muchos, sino es que todos los demás, sí se hayan sentido bien con tales actividades desde casa.
En lo personal, yo extraño ir a misa, frecuentar los sacramentos de la confesión y la comunión sacramental; ir al Santísimo, aunque sea para dormir; ver a personas en los templos; hacer el tour Iglesias.
Sinceramente, me pegó muy feo lo de la contingencia. Si bien muchos dicen que con esto ahora sí valoraron lo que perdieron (la eucaristía), yo, siempre sabiendo lo que es la eucaristía para mí, yo sí sabía lo que perdí, y me duele mucho.
Siento que quienes no reconocen el gran valor del Santísimo sacramento, no han valorado la falta de la eucaristía en sus vidas. Si no se confesaban antes, no creo que lo vayan a hacer.
Además, en mi casa no gozo de tanta privacidad como para ponerme a adorar a Dios cantando o rezando a voz alzada. No puedo utilizar la computadora sin audífonos para escuchar una misa mientras mi mamá o mi hermana tienen música puesta o alguna película distractora.
Mi cuarto no tiene puerta y está en la pasada hacia el patio. Y vaya que estos días de cuarentena tanto mi mamá y mi hermana han estado lavando y secando ropa por varios días.
No he formado parte de ninguna sesión de mi clase de Biblia desde el mismo 8 de marzo. No me siento cómodo para realizar chat con micrófono en mi casa mientras mi mamá o mi hermana están en la casa. No tengo un espacio aislado donde pueda sentirme en paz o sin distracciones o ruidos.
Extraño mucho el estar en la Iglesia, pues es un lugar seguro donde yo puedo hacer oración y estar frente a frente a mi Dios, a mi Señor.
Y además de Dios, a quien tampoco he visto es a mi hermosa novia, Bela Garim. Acordamos no vernos, para cuidar la salud de nuestras familias y de nosotros mismos. En específico, para cuidar la salud de su mamá, quien es mayor que mi mamá.
Además, a mi mamá le vale lo de la pandemia, incluso se ha visto incrédula. Sólo espero que no se enferme, pues ella no cuida tanto su salud y podría pegarle fuerte, sin mencionar lo peor.
Con Bela Garim he platicado todos los días, como siempre, a través de WhatsApp y Facebook. Y de vez en cuando hacemos videollamada. Pero no es lo mismo.
Extraño estar con ella, a su lado, verla a los ojos, abrazarla, decirle todas las palabras de cariño que siempre le digo, y darle muchos besos. ¡La amo demasiado! Los días sin ella son aburridos, y parece que son menos interesantes.
Lo que sí es que, aunque me duela, sé que todo está bien, pues ambos sabemos que el sacrificio que estamos realizando de no vernos, es por un bien mayor ahorita: la salud. Espero Dios tome este sacrificio como le sea agradable y sirva para disminuir la tribulación que todo mundo estamos pasando.
¡Ya quiero que termine la pandemia! ¡Maldito coronavirus!
¡Dios, no nos abandones! ¡Ten misericordia!
Fue así que la última misa que viví de forma presencial fue la del 8 de marzo. La última vez que comulgué la hostia consagrada y, durante varias semanas, la última vez que vi en persona a Jesús Eucarístía en persona.
Fue hasta el domingo de ramos, la semana pasado, cuando eran cerca de las siete y media de la tarde cuando iba arribando a mi casa en Kristalia, que vi una camioneta sobre cuya caja iba un sacerdote portando el Santísimo Sacramento encima de un altar montado, dándonos alegría a varios de los que pasábamos por ahí y vivimos en las colonias aledañas.
No niego que me alegré demasiado e incluso quise llorar por mis grandes pecados, reconociéndome que no merezco tantas gracias. Y aún así, Dios es misericordioso, que sale al encuentro de nosotros.
Sinceramente, caí mucho en pecado esta Cuaresma, en especial pecados de lujuria. Muchos días consecutivos, y varias recaídas. Soy nefasto.
Descuidé mucho la oración, la lectura bíblica. Al no poder confesarme y no poder asistir a misa, sumándole que trabajo por turnos, me fui hundiendo más en el pecado, por mi gran falta de fuerza de voluntad.
La verdad, eso de que en las redes sociales pasaran las misas, las horas santas, la comunión espiritual, los rezos de rosarios y demás oraciones, no me beneficiaron. Sólo espero que muchos, sino es que todos los demás, sí se hayan sentido bien con tales actividades desde casa.
En lo personal, yo extraño ir a misa, frecuentar los sacramentos de la confesión y la comunión sacramental; ir al Santísimo, aunque sea para dormir; ver a personas en los templos; hacer el tour Iglesias.
Sinceramente, me pegó muy feo lo de la contingencia. Si bien muchos dicen que con esto ahora sí valoraron lo que perdieron (la eucaristía), yo, siempre sabiendo lo que es la eucaristía para mí, yo sí sabía lo que perdí, y me duele mucho.
Siento que quienes no reconocen el gran valor del Santísimo sacramento, no han valorado la falta de la eucaristía en sus vidas. Si no se confesaban antes, no creo que lo vayan a hacer.
Además, en mi casa no gozo de tanta privacidad como para ponerme a adorar a Dios cantando o rezando a voz alzada. No puedo utilizar la computadora sin audífonos para escuchar una misa mientras mi mamá o mi hermana tienen música puesta o alguna película distractora.
Mi cuarto no tiene puerta y está en la pasada hacia el patio. Y vaya que estos días de cuarentena tanto mi mamá y mi hermana han estado lavando y secando ropa por varios días.
No he formado parte de ninguna sesión de mi clase de Biblia desde el mismo 8 de marzo. No me siento cómodo para realizar chat con micrófono en mi casa mientras mi mamá o mi hermana están en la casa. No tengo un espacio aislado donde pueda sentirme en paz o sin distracciones o ruidos.
Extraño mucho el estar en la Iglesia, pues es un lugar seguro donde yo puedo hacer oración y estar frente a frente a mi Dios, a mi Señor.
Y además de Dios, a quien tampoco he visto es a mi hermosa novia, Bela Garim. Acordamos no vernos, para cuidar la salud de nuestras familias y de nosotros mismos. En específico, para cuidar la salud de su mamá, quien es mayor que mi mamá.
Además, a mi mamá le vale lo de la pandemia, incluso se ha visto incrédula. Sólo espero que no se enferme, pues ella no cuida tanto su salud y podría pegarle fuerte, sin mencionar lo peor.
Con Bela Garim he platicado todos los días, como siempre, a través de WhatsApp y Facebook. Y de vez en cuando hacemos videollamada. Pero no es lo mismo.
Extraño estar con ella, a su lado, verla a los ojos, abrazarla, decirle todas las palabras de cariño que siempre le digo, y darle muchos besos. ¡La amo demasiado! Los días sin ella son aburridos, y parece que son menos interesantes.
Lo que sí es que, aunque me duela, sé que todo está bien, pues ambos sabemos que el sacrificio que estamos realizando de no vernos, es por un bien mayor ahorita: la salud. Espero Dios tome este sacrificio como le sea agradable y sirva para disminuir la tribulación que todo mundo estamos pasando.
¡Ya quiero que termine la pandemia! ¡Maldito coronavirus!
¡Dios, no nos abandones! ¡Ten misericordia!
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