Donnerstag, März 10, 2022

Oración de Ester

Oración de Ester

Del libro de Ester Est 4, 17k - 17z

Por su parte, la reina Ester se refugió en el Señor, presa de mortal angustia. Despojándose de sus magníficos vestidos, se vistió de angustia y duelo. En vez de exquisitos perfumes, echó sobre su cabeza ceniza y suciedad, humilló su cuerpo hasta el extremo, encubrió con sus desordenados cabellos la gozosa belleza de su cuerpo, y suplicó al Señor, Dios de Israel, diciendo:

«Señor y Dios nuestro, tú eres único.
Ven en mi ayuda, que estoy sola
y no tengo socorro sino en ti,
y mi vida está en peligro.

Yo oí desde mi infancia,
en mi tribu paterna*,
que tú, Señor,
elegiste a Israel
de entre todos los pueblos,
y a nuestros antepasados
de entre todos sus mayores,
para ser herencia tuya para siempre,
cumpliendo en su favor cuanto dijiste.

Ahora hemos pecado en tu presencia,
nos has entregado a nuestros enemigos,
porque hemos honrado a sus dioses.
¡Justo eres, Señor!

Mas no se han contentado
con nuestra amarga esclavitud,
sino que han puesto sus manos
en las manos de sus ídolos*,
para borrar el decreto de tu boca
y destruir tu heredad;
para cerrar las bocas que te alaban
y apagar la gloria
de tu Casa y de tu altar;
para abrir las bocas de los paganos
en alabanza de sus dioses
y admirar eternamente
a un rey de carne.

No entregues, Señor,
tu cetro a los que nada son;
que no se regocijen por nuestra caída;
vuelve en contra de ellos sus deseos,
y el primero que se alzó contra nosotros
haz que sirva de escarmiento.
Acuérdate, Señor, y date a conocer
en el día de nuestra aflicción;
y dame a mí valor, rey de los dioses
y señor de toda autoridad.
Pon en mis labios palabras armoniosas
cuando esté en presencia del león;
vuelve el odio de su corazón
contra el que nos combate,
para ruina suya y de los que piensan como él.

Líbranos con tus manos
y acude en mi socorro, que estoy sola,
y a nadie tengo, sino a ti, Señor.
Tú que conoces todas las cosas,
sabes que odio la gloria de los malos,
que aborrezco el lecho incircunciso
y el de todo extranjero.
Tú sabes bien la necesidad en que me hallo,
que me asquean los emblemas de grandeza
que ciñen mi frente los días de gala,
como asquea el paño menstrual,
y que no me los pongo en días de retiro.
Que tu sierva no ha comido a la mesa de Amán,
que no he tenido a honra los regios festines,
ni bebido el vino de las libaciones.
Que no tuvo tu sierva instante de alegría,
desde su encumbramiento hasta el día de hoy,
sino sólo en ti, Señor y Dios de Abrahán.

Oh Dios, que dominas a todos,
oye el clamor de los desesperados;
líbranos del poder de los malvados
y líbrame a mí de mi temor.»

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