La semana pasada, entre mis desvelos y mi aburrimiento, y gracias a que tenía dinero en mi cuenta, pagué la suscripción premium para los servicios de Atresplayer, plataforma española donde puedo ver varios programas hispanos que desde hace años conocí y me encantan.
Ya tenía varios años sin pagarla. Tenía muchas ganas de ver algo diferente, y no tardé en ver nuevamente mi serie española favorita: El secreto de Puente Viejo. Ambientada a principios del siglo XX se ve la historia de un pequeño pueblo que va siendo cada vez más alumbrada por el modernismo, la tecnología y los eventos históricos sociales importantes de aquellos años.
Hace como dos o tres días decidí ver desde el inicio la serie. El primer episodio dura casi dos horas. Es en el segundo episodio donde el personaje de Tristán Montenegro cae desplomado en su casa debido a una enfermedad que contrajo de las islas de Filipinas, ya que él y sus soldados habían ido a la guerra contra Estados Unidos, donde se sabe que España perdió.
Es entonces que Pepa (la bellísima Megan Montaner) pone manos a la obra, y comienza a preparar una mezcla medicinal, para lo cual ocupaba una hierba que no se hallaba muy fácil en la región. Mientras una de las sirvientas estaría hirviendo y preparando la solución, Pepa se aventuró a los terrenos pedregosos donde se hallaría la planta faltante.
Efectivamente más tarde Pepa logra sanar al buen Tristán y todos contentos.
¿Y por qué narro este episodio del Secreto de Puente Viejo? Pues resulta que en esta ocasión soñé que fallecía alguien, un hombre ya grande de edad, y mi esposa y yo nos habíamos ofrecido a llevar el cuerpo, ya en el ataud, a la funeraria, donde sería velado.
¿Y quién era este señor? Si bien sí recuerdo la fisonomía del hombre (delgado, no muy alto, moreno, cabellos blancos y bigote prominente y blanco también) no coincidía con la de algún tío de mi esposa. Todo el tiempo (despierto) pensé que era algún familiar de ella, hasta que minutos más tarde di con el rostro del señor. Era uno de nuestros vecinos: Don "Beto", el esposo de "Yola".
Todos estábamos triste por el fallecimiento de esta persona. Pero fue justo cuando íbamos mi esposa y yo en el automóvil de la funeraria cuando noté que el cuerpo de Beto se movía, pues estaba respirando, a lo cual le grité a Bela Garima: "¡Preciosa! ¡Está vivo! ¡Está respirando!" A los pocos minutos el mismo Beto se levantó, pausadamente, sin tanto conocimiento de lo que había pasado, y para no espantarlo, le dije que se durmiera otro rato, que pronto llegaríamos a su casa con su familia.
Mi esposa y yo ahora nos encontrábamos muy contentos, llorando ahora de alegría. Decidimos entonces que yo me regresaría a la colonia, en An Edelfai, para avisarle a la familia que Don Beto está vivo y que ya venía de regreso, mientras que Bela Garim junto con Don Beto llegarían a la funeraria para aclarar las cosas y regresar victoriosos al hogar.
Ya estando yo en An Edelfai, avisé a dos conocidos, mientras buscaba con la vista al sacerdote que había visitado al cuerpo de Don Beto para darle la extrema unción. Yo me la pasaba diciendo que «¡Nuestrio Dios es un Dios de vivos y no de muertos», haciendo referencia a la resurrección de Lázaro, amigo de Jesús y hermanos de Marta y María.
Fue muy grato soñar con la resurrección de alguien y presenciar un milagro, pues ya se presumía que Don Beto había muerto.























