La mujer
por Edith Stein
Parte 2
[Continuación de la Introducción]
En aquel año, la Primera Guerra Mundial estaba en pleno desarrollo. Edith mantenía los altos ideales éticos de su familia. Para ella fue lo más normal interrumpir su carrera universitaria para ayudar como voluntaria en un hospital militar donde ingresaban enfermos de tifus y los soldados con heridas más graves. "Cuando haya terminado la guerra y yo siga viviendo, entonces podré pensar de nuevo en mis asuntos privados", explicará más tarde. Ayudó día y noche, con tanto desinterés, arrojo y cariño que consiguió cambiar poco a poco el ambiente moralmente degradante de su entorno. Ella, a su vez, se quedó muy conmovida cuando encontró un papelito con una oración en la agenda de un soldado recién fallecido.
Después de que se cerrara aquel hospital, Edith siguió a Husserl a la Universidad de Freiburg, e hizo el doctorado en 1916 sobre "El problema de la intuición". Trabajó como ayudante de aquel gran filósofo, cosa muy extraordinaria para una mujer en aquellos tiempos. Durante esta época ocurrieron algunos otros sucesos que la acercaron a la fe católica. Una vez, por ejemplo, estaba paseando con la hermana del filósofo Reinach por el casco viejo de la ciudad de Frankfurt. Entraron unos momentos en la Catedral, y mientras admiraban la belleza de la arquitectura en silencio, entró una mujer sencilla con su cesta de mercado, se arrodilló y rezó una breve oración. "Esto me sorprendió mucho," confesó Edith más tarde. "A la sinagoga sólo íbamos para celebrar las fiestas y el culto oficial. Pero allí vi a una mujer que había interrumpido sus negocios cotidianos para hablar confidencialmente con su Dios. Esto nunca lo pude olvidar".
Un poco más tarde, Edith tuvo otra experiencia orientadora. Su amigo Reinach había muerto en la guerra, y le encargaron a ella ordenar su herencia científica. Le gustó mucho, pero temía visitar a la mujer de Reinach, que era católica, ya que, siendo atea, no sabía cómo consolarle. Sin embargo, en vez de ver a una persona triste y desesperada, se encontró con una mujer llena de paz, dispuesta a aceptar su dolor como voluntad de Dios. La joven viuda dejó muy pensativa a Edith cuando le explicó que sacaba fuerzas de la fe en Jesucristo crucificado que resucitó. "En este momento, mi incredulidad se hundía, y yo vislumbré por primera vez la fuerza de la Cruz", cuenta Edith. Empezó a leer el Nuevo Testamento con mucha atención, aunque todavía no tenía fe.
En 1918, Edith se separó de Husserl, porque su filosofía le parecía entonces, a pesar del método genial, cada vez más estrecha, como un callejón sin salida que no le llevaba a la verdad tan deseada. Volvió a Breslau. Le sucedió Heidegger en su puesto en la universidad. Fue una experiencia desilusionante para Edith que tanto Husserl como más tarde también Heidegger y otros colegas mostraran serios reparos a que ella, siendo una mujer, quisiera hacer oposiciones a una cátedra universitaria. Todos sus intentos al respecto fracasaron. Pero la valiente filósofa no reaccionó con depresión o enfado; por el contrario, ante las injusticias maduraba su personalidad. Confesó en una carta: "Me parece muy cómico que no admitan a las mujeres, pero, al fin y al cabo, no me importa demasiado por mí. No pienso que sea tan importante el puesto que obtenemos en esta vida". Sin embargo, se esforzaba en abrir la docencia a todos los niveles a las mujeres de las futuras generaciones y logró realmente, en 1920, que el gobierno publicara un decreto en favor de que las mujeres tuvieran acceso a las posiciones a cátedras universitarias.
En este mismo año, Edith pasó por una profunda crisis interior. Sufría por no encontrar el último porqué de su vida. Cuando preguntó a un judío conocido por su imagen de Dios, recibió una respuesta breve: "Dios es espíritu. Más no se puede decir". Tampoco le bastaron las explicaciones del filósofo danés Kierkkegaard, cuyas ideas sobre el cristianismo había estudiado con interés.
El acontecimiento decisivo para la conversión de Edith tuvo lugar durante unas vacaciones en el pequeño pueblo de Bergzabern. Edith se encontraba en la casa de su amiga Hedwig Conrad-Martius. Una tarde, cuando estaba sola, buscó un libro para entretenerse, y sacó de una estantería la autobiografía de Santa Teresa de Jesús. La leyó durante toda la noche con verdadero entusiasmo y pensó al final: "Esta es la verdad". Había encontrado al Dios vivo y personal, bueno y misericordioso, que invita a todos los hombres a una vida de amor. En seguida se compró un catecismo católico, lo estudió por su cuenta y, después de terminar esta tarea, entró en una iglesia, participó en la Santa Misa y pidió al sacerdote ser bautizada. Algunos meses más tarde, el 1 de enero de 1922, fue recibida en la Iglesia católica. "Mis ansias por conocer la verdad eran una única oración", confesó reflexionando sobre los años anteriores al bautismo, en los que buscaba el sentido de su vida con tanto afán y dolor.
Desde aquel momento, Edith tuvo el deseo de entrar en la orden de Santa Teresa, haciéndose carmelita. Pero algunos sacerdotes amigos le aconsejaron emplear sus talentos intelectuales para servir en la Iglesia en el mundo. Como también quería respetar a su madre, que no comprendía su conversión -es más, la consideró una traición a su pueblo-, Edith prescindió de sus planes; pero tampoco podía volver al ambiente judío de su casa familiar. Así, en los años siguientes, fue profesora en el colegio de las dominicas en Speyer. Cambió allí sus posturas filosóficas todavía más a fondo. Tradujo las cartas y los diarios de Newman y descubrió, poco a poco, el modo de pensar desde la perspectiva del cristianismo. Sobre todo, las obras de Tomás de Aquino le ayudaron a comprender el fundamento racional de la fe católica. "Aprendí de Santo Tomás que se puede hacer un oficio divino incluso de la ciencia... y que se puede vivir en medio de este mundo una vida contemplativa", dice Edith en una carta, y prosigue: "Cuanto más profundamente una persona entra en Dios, tanto más tiene que salir de sí mismo para llevar la vida divina a los hombres". Además de su tarea docente y la dedicación a las alumnas escribió una "Carta mensual para mujeres profesionales" ofreciendo ayudas para la meditación personal.





